A don Benigno
Desde la galería del hotel podía verse el edificio del casino, las lomadas del golf y la frondosa arboleda que circundaba el parque.
Allí, años atrás, durante el verano, se juntaba toda la juventud de la villa serrana: los pitucos del alto, los muchachos del bajo, y él que para ese entonces intentaba armonizar las diferencias.
Flaco y desgarbado, paradójicamente corajudo, sus amigos lo apodaban “Tarzán de alambre”. Los bronquios le silbaban en cada pique cuando sus piernas flacas intentaban llevar la pelota hacia el arco contrario. El asma no impedía su entusiasmo ni su garra. Tenía en su actitud un toque de fineza heredado de los Lynch que lo distinguía del resto. Era sólo su forma de vestir, de hablar, su cortesía…
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A Julito Ferreyra
Potrerillo es un lugar mágico. Digo mágico no por hacerme el poeta o el intelectual; en realidad, es un secreto que me fue revelado meses atrás cuando, por invitación de Julio Ferreyra, visité ese maravilloso lugar. Allí me ocurrió algo inesperado. Después de comer un corderito a la llama y tomar algunas copas de champagne, que no fueron pocas; comencé a transitar por la simpática aldea de montaña, observando cómo la imaginación y el talento de quienes la habían creado armonizaban perfectamente con la naturaleza.
Recorrí el predio en una calesa menonita manejada por la Colo de Fansy. Comenzamos trepando las lomas y perfilando vallecitos, siempre rodeados por la añosa arboleda que enmarcaba el camino. Recuerdo que el otoño esparcía sus colores por el suelo umbroso y el olor macerado de las pinochas impregnaba el ambiente.
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Eran sólo amenazas. Jamás devolvería el dinero que reclamaban esos miserables.
La suma prestada a su tío Juan no podía ser tanta. En realidad, pretendían quedarse con la estancia de Bragado por un crédito usurario otorgado durante la época de la inundación. De cualquier manera, su tío sólo les había firmado un documento de dudoso valor judicial y él, como heredero, no tenía obligación de reconocerlo. Sin embargo, las últimas amenazas telefónicas habían logrado preocuparlo.
Intentando tomar distancia del problema, decidió viajar a Entre Ríos y aprovechar la circunstancia para hacerse un chequeo médico en un sanatorio adventista de renombre. Allí podría reflexionar sin apuro alguno y, como estaba excedido de peso, bajar algunos kilos, producto de sus excesos en comidas y alcoholes.
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A Manolo Lafuente
Luego de cruzar las Altas Cumbres comencé a descender hacia Mina Clavero. El tráfico vehicular era lento, el calor insoportable. Después de un control policial de rutina doblé hacia a Nono y al llegar al pueblo detuve la marcha en una estación de servicio.
Como la fila de automóviles que esperaban para cargar combustible era interminable, estacioné mi rural frente al bar y, con la intención de estirar un poco las piernas, caminé hacia un quincho de paja. Allí, sobre improvisados escaparates, se ofrecía todo tipo de baratijas: jarrones de dudoso diseño indígena, gauchos de madera, llaveros con escudos municipales, ocarinas que no sonaban y otras naderías.
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No hubo dudas, la reconocí de inmediato. Durante años vivimos en el mismo barrio, en la misma cuadra. Yo iba a segundo del Liceo y ella a tercero del Integral.
La vi por última vez frente al bar de la plaza, muy enojada…
Solía espiarla desde una terraza vecina. La recuerdo enmarcada por el ventanal de su dormitorio, cuando su desenfado adolescente era iluminado por las tibias resolanas que filtraban las magnolias de su jardín. Ella acostumbraba ver televisión -la novela de la tarde- con su cuerpo despatarrado sobre la cama, apenas cubierto por un edredón. A esa hora ya vestía una camisola con breteles finos cuyas transparencias insinuaban su cuerpo de mujer floreciendo.
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-Unquillo era otra cosa -dijo serio el Payo Ortiz -Antes la gente se saludaba, todos se conocían; ahora te empujan en la vereda y si te caes, te pisan…
Hacía tiempo que este hidalgo de Unquillo, este señor de la amistad, tomaba a sorbitos su Fernet servido en una pequeña copa de vidrio, tan pequeña como su esperanza.
Desde la mesa del bar, a un costado de la Municipalidad, el Payo observaba la larga avenida en espera del ómnibus que lo llevaría a Cabana.
-Ya no tengo con quién conversar -le confió a su amigo -Se acabó la elegancia, el buen decir. Todos hablan de plata, dicen palabrotas, andan con el celular en la mano develando intimidades en público sin importarles nada del prójimo… -¿Vas a tomar algo? -preguntó con ojitos vivarachos buscando conversación.
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Batuque era un perro de raza orgía, miles de celos vagabundos que la naturaleza había arremolinado en Pozo del Tigre.
Se lo entregaron a Don Lencina cuando era cachorro, en pago de unas maneas para potro y de un pellón mal curtido.
“Si sale a la madre va a ser bravo” le advirtió el arriero que lo traía a caballo.
Y así fue. Con el tiempo, nadie pudo entrar al campo donde Don Lencina tenía su talabartería, si el perro no estaba atado. Muchas veces, el trenzador de tientos pensó que sería peligroso que escapara y mordiera a alguien, pero Batuque resultó tan guardián que decidió correr el riesgo. Eso sí, pronto tomó conciencia de que no debía faltarle comida, era la clave para mantenerlo apaciguado.
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Al Chiquilín Gollán
El Toto Baralle era una buena persona. Separado de su primera mujer y viudo de la segunda, llevaba sobre sus espaldas innumerables fracasos. Su último matrimonio había sido el más tortuoso y le había dejado como saldo a Luisito, un mocoso de cuatro años que era el único motivo de sus desvelos. Todo lo que hacía, todo lo que planificaba estaba directamente relacionado con él, para quien no escatimaba cariños ni esfuerzos.
Después de la muerte de la madre de Luisito, las penas enmascaradas lo acorralaron hacia la soledad de su propio espanto. Sólo algunos amigos adictos a la farra y al alcohol, le hacían compañía.
Abogado por mandato familiar, sin juicios que atender ni honorarios que cobrar, dejó el estudio jurídico e incursionó sin éxito en el comercio. Finalmente, se sometió a una forzosa reclusión domiciliaria. Le resultaba difícil llevar una vida ordenada y previsible, todo le salía mal. Decidió no involucrarse en nada, achicar gastos, sobrevivir con la renta de unos departamentitos heredados de su madre y la contención afectuosa de una de sus hermanas. A partir de allí evitó todo contacto con la gente, realizando una monótona rutina diaria: limpiar la casa, hacer de comer, llevar y traer a Luisito del colegio, ayudarlo con sus deberes y ver por televisión “El Chavo del ocho”, “El Correcaminos” y otros programas similares, caprichos del mocoso. Era imposible que en ese horario alguien pudiera distraerlo o requerir su presencia por algún motivo. Jamás atendía a nadie.
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Llegué a lo de Aco Valtier cerca del mediodía. Bearzotti tomaba sol en la pileta mientras Calsina y el flaco Mariano prendían fuego para el asado.
-¡Cómo se ve que ustedes no compran la leña…! -gritó Aco desde la ventana del baño, al ver la inmensa fogata que afanosamente alimentaban.
Saludé a todos y entré a la casa para ponerme el traje de baño. El calor era insoportable, la música estaba a todo volumen y, como de costumbre, el “Reverendo” Cabrera preparaba las ensaladas.
Sin que advirtiera mi presencia me senté a hojear el diario en la salita contigua a la cocina y desde allí lo observaba.
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Como era su costumbre, compró criollitos y una botella de agua mineral en la “Panadería Villar”…
Salió de Unquillo por el camino que une lo de Pizarro con el frigorífico “Estancias del Sur”, para luego continuar hacia el aeropuerto y así llegar al centro de la ciudad.
En casi todos los semáforos que detenía su marcha un montón de cabecitas negras, caricaturas de espanto adornadas con cicatrices, aros y tatuajes, giraban a su alrededor intentando obtener algunas monedas a cambio de limpiar el impecable parabrisas de su camioneta.
No le quedaba ninguna cuando al llegar a la esquina de la plaza Colón, mientras saboreaba el último criollito de su pastoso desayuno, fue sorprendido por una adolescente de ojos chispeantes, cabeza rapada, pupo ensortijado y embarazo evidente.
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